El clima electoral altera la percepción de cada gesto. Lo que en otro momento podría pasar desapercibido, en campaña puede generar escándalo, movilización o reconfiguración de alianzas. Todo comunica, todo puede incidir en el voto.
La publicación de la inauguración del nuevo edificio para la escuela técnica, desató una catarata de comentarios.
Destacamos dos: El de Cachi Rodríguez Bay que remite a la verdad histórica sobre la institución y el de la concejal Aranzazu que es el que nos inspiró el escrito…
Nos han vaciado de contenido político…
Vivimos en una época en la que la política, paradójicamente, ha sido despolitizada. Las expresiones que circulan en los discursos públicos, “La obra se hace con la de todos”, “No importa el color político”, “Hay que dejar la política de lado”, “Tenemos que tirar todos del mismo carro”, no son frases inocentes ni desinteresadas. Son, en realidad, herramientas retóricas que contribuyen a vaciar la política de contenido y a desmovilizar a la ciudadanía, ocultando tras una fachada de unidad una profunda puja de intereses.
Estas expresiones funcionan como una anestesia ideológica. Desactivan el pensamiento crítico, desarman el debate y reducen la complejidad política a un llamado a la obediencia. Bajo la apariencia de consenso, se impone un discurso único: quien tiene el poder define el rumbo, y a los demás se les pide que acompañen en silencio. El carro del que todos debemos tirar, como si fuera una necesidad natural o una verdad incuestionable, ya ha sido direccionado por alguien. Pero ese alguien nunca es nombrado. ¿Quién conduce ese carro? ¿Quién decidió hacia dónde va? Y, más importante aún, ¿Quién quedó fuera de esa decisión?
Estas frases despolitizadoras cumplen una función estratégica: disminuir la participación ciudadana. Cuando se plantea que “No importa el color político”, lo que realmente se dice es que los desacuerdos ideológicos son irrelevantes, que no hay conflicto, que todo es cuestión de gestión. Pero la política no es solo administración; es, ante todo, conflicto de intereses, visión de mundo, disputa por el poder y por el sentido de las cosas.
En este marco, se construye una ilusión de neutralidad que solo beneficia a quien ya detenta el poder. “Dejar la política de lado” es, en realidad, dejar que otros decidan por nosotros. El poder no desaparece cuando lo ignoramos, simplemente se concentra. Y cuanto menos participa la ciudadanía en la toma de decisiones, más libre es el poder para actuar sin rendir cuentas.
En última instancia, se busca que las decisiones fundamentales, las que definen el modelo económico, la distribución de recursos, las prioridades sociales, se tomen con la menor cantidad posible de ciudadanos involucrados. Se promueve la pasividad, se desprestigia el debate, se desincentiva la organización colectiva. Así, se vacía a la política de contenido, pero también se vacía al ciudadano de poder.
La democracia no es la ausencia de conflicto, sino la institucionalización del disenso. Y participar políticamente no es “tirar todos para el mismo lado”, sino discutir hacia dónde queremos ir y quién decide ese rumbo. Reconocer el carácter político de nuestras diferencias no nos divide: nos hace más conscientes, más responsables y, sobre todo, más libres.
Redacción: Fm 98.7 “Un nuevo concepto en radio”
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