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Vivir lo nuestro: una milonga que parece escrita hace un par de meses.

A veces encontramos una canción sin buscarla.
Aparece ahí, entre discos, voces y recuerdos. Y de pronto ocurre algo extraño: escuchas una letra escrita hace muchísimos años y tiene la sensación de que alguien la acaba de escribir esta mañana, pensando en nosotros.
Me pasó con esta milonga: “Vivir lo nuestro”, con letra de Martín Castro, el payador rojo, y música de Edmundo Rivero, en la voz del propio maestro.
Y escuchen esto: “Dicen que el país está pobre,
que hay que administrar el cobre y estirar el patacón…”
¿Patacón? Uno podría pensar que habla de aquella moneda de hace algunas décadas. Pero después aparecen los precios que suben, el dinero que cada vez alcanza para menos, el trabajo que cuesta conseguir, el pequeño comerciante que compra de una manera y tiene que vender de otra, y esa sensación tan conocida de que lo que ayer alcanzaba, hoy ya no alcanza.
La milonga sigue: “Las cosas suben y suben, todo vale con exceso,
lo que no vale es el peso…”
Y ahí está la Argentina. La de ayer. La de hoy. Y quizás, en algún sentido, la de siempre.
Porque hay algo profundamente argentino en esa conversación que se repite generación tras generación: el precio del pan, de la yerba, del kilo de carne, de las alpargatas, del alquiler, del jornal.
Cambian los nombres de las monedas. Cambian los gobiernos. Cambian las recetas económicas. Cambian las palabras con las que intentamos explicar lo que nos pasa.
Pero hay preocupaciones que permanecen. Y también hay algo más en esta vieja milonga.
Hay una mirada sobre nuestra identidad.
Castro habla de “Desagringar la moda”, de mirar hacia adentro, de recuperar algo propio. Es una idea que hoy puede discutirse, por supuesto. Porque ser argentino no debería significar encerrarse ni despreciar lo que viene de afuera.
Pero quizás la pregunta de fondo siga siendo válida: ¿Cuánto de lo nuestro estamos dispuestos a conservar? No solamente en la ropa, en la música o en las costumbres.
También en la manera de relacionarnos. En la solidaridad. En el trabajo. En la palabra empeñada.
En la memoria de nuestros pueblos. En esa costumbre tan nuestra de sentarnos alrededor de una mesa y discutir de política, de fútbol, de precios, de la vida… y después seguir siendo amigos.
Por eso me gusta esta canción. Porque no es solamente una milonga vieja.
Es un espejo. Y los espejos tienen esa mala costumbre de no preguntar cuándo fueron fabricados. Simplemente nos devuelven la imagen.
Esta milonga fue escrita hace muchos años.
Pero esta mañana, mientras la escuchaba en la voz de Edmundo Rivero, tuve una sensación inquietante: parecía escrita el mes pasado.
Quizás porque los argentinos seguimos teniendo algunas cuentas pendientes con la historia.
Quizás porque todavía seguimos buscando la manera de vivir mejor.
O quizás porque, como dice la canción, todavía tenemos que aprender a vivir lo nuestro.
No para encerrarnos. No para volver al pasado.
Sino para no olvidar quiénes somos mientras intentamos construir lo que todavía no somos.
Y entonces vale la pena volver a escucharla.
Porque algunas canciones envejecen.
Y otras, simplemente, esperan que llegue su momento para volver a decirnos algo…