Un día me crucé con el Polaco…
Este fin de semana volví a escuchar tangos. Entre ellos, como no podía ser de otra manera, al Polaco Goyeneche. Y una vez más me quedé detenido en esos versos de Garúa: “Qué noche llena de hastío y de frío”.Pensé entonces que tal vez esa imagen describe algo más que una noche porteña. Describe un clima de época.
Vivimos rodeados de información y, sin embargo, cada vez cuesta más encontrar interés genuino por comprender. Uno se cruza con personas que no quieren escuchar, no quieren leer, no quieren enterarse. No porque les falten medios para hacerlo, sino porque parecen haber renunciado a la curiosidad. Como si el cansancio hubiera vencido al deseo de entender.
No hablo de coincidencias ideológicas ni de acuerdos. Las sociedades siempre estuvieron atravesadas por diferencias, discusiones y conflictos. El problema aparece cuando desaparece la voluntad misma de participar de la conversación. Cuando el desacuerdo es reemplazado por la indiferencia.
Hay algo paradójico en nuestro tiempo. Nunca fue tan fácil acceder al conocimiento y nunca pareció tan extendida la tentación de ignorarlo. Nunca hubo tantas posibilidades de comunicación y, sin embargo, abundan los monólogos. Cada uno habla para los suyos, escucha apenas aquello que confirma lo que ya piensa y descarta el resto como ruido molesto.
Quizás no se trate de una crisis de información sino de una crisis de atención. O más profundamente, de una crisis de sentido. Porque nadie puede vivir indefinidamente sometido al bombardeo constante de noticias, escándalos, catástrofes y opiniones sin terminar desarrollando alguna forma de agotamiento. Muchos no se refugian en el desinterés por convicción, sino por cansancio.
Pero una sociedad cansada corre el riesgo de volverse una sociedad resignada.
Por eso la pregunta que vuelve una y otra vez es simple: ¿Por dónde hay que empezar de nuevo?
Tal vez por recuperar la curiosidad. Por volver a formular preguntas antes que acumular respuestas. Por leer algo que contradiga nuestras certezas. Por escuchar antes de preparar la réplica. Por aceptar que comprender es más difícil y más valioso que opinar.
El tango, que tantas veces fue acusado de melancólico, ofrece una lección inesperada. Sus grandes letras no celebran la indiferencia. Al contrario: están habitadas por personas que recuerdan, sienten, se preguntan, buscan explicaciones. Incluso en medio de la derrota conservan la capacidad de mirar el mundo y tratar de entenderlo.
Por eso aquellos versos de Garúa siguen resonando. No porque describan una noche lejana, sino porque siguen nombrando una sensación reconocible. El hastío y el frío no son solamente meteorológicos. Son también estados del ánimo colectivo.
Por suerte, ninguna garúa dura para siempre. Y mientras haya quienes sigan preguntándose qué nos pasa y cómo salir de esta intemperie, todavía habrá razones para pensar que el tiempo de empezar de nuevo no ha terminado…
Escuchanos por Fm 98.7… la mañana de la radio.



